Los viajes de Gulliver

Año 2000. Siempre empiezo a contar mis viajes desde esa fecha, en la que recibí el año 0 del nuevo milenio en carretera con mi primo Edilson. Aunque en realidad mis viajes por el país habían comenzado por lo menos tres años atrás.

Caminos antiguos pero nuevos para mí en los que se forjaron maravillosos recuerdos de paisajes distantes y climas distintos, estremecedoras aventuras en vías desiertas y sin un centavo en el bolsillo. Claro que este año tenía algo de especial: el futuro era más incierto que nunca.

El auto-stop, el sol inclemente del Magdalena medio, el frío insaciable de la noche en la autopista, la refrescante ducha en un peaje; la llegada a Bucaramanga, con su paisaje semidesértico y la carretera descendiendo en forma de serpiente. La ciudad bonita, los cuentos en los parques, los recitales en las busetas, las serenatas por toda la ciudad. Allí me encontraría con gran parte de mis raíces ancestrales y al mirar los mismos atardeceres que había contemplado mi papá veinticinco años atrás entendí por fin la razón por la cual me parecían tan familiares sus colores.

Girón, con sus callecitas empedradas, el negro Eduardo y la casa de German Patiño; Puerta del Sol, las hormigas culonas en el Mirador con las Duarte, el barro rojo de Ruitoque, las obleas de Floridblanca; los almuerzos en La Esperanza en la casa de Humbertico, con la posterior clase de guitarra para Daniel Mendoza (┼), el bocachico de subienda a manos llenas en El Playón; mi casi mamá Marina, la colección de Mafalda de las Arenas, la prima Susan.

La comida de mar en casa de los Puentes; Miguelito, Esaúsito, Barbarita, Jacobito (┼), todos nombrados en un diminutivo inversamente proporcional al cariño de sus corazones. Iván Ocampo, José Luis y las feas, con el valor agregado de la colección completa de historietas de Asterix en la casa de los Röthlisberger. El plan de baloncesto o microfútbol en Sapamanga con Pipe, Caliche, los Hernández y un chorrero de pelaítos que al año siguiente estaban más grandes y con más barba que yo. La concha acústica, la salida del sabado por la tarde para ver niñas en Cañaveral o La Florida, Cabecera y los perros del Flaco. Un parche completo. De ahí en adelante mi preferido para todos los eneros.

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